Llega el verano y es momento de hacer balance de lo que ha supuesto este curso político en nuestro país. Un curso que ha coincidió con el 10º aniversario de la llegada de Zapatero a la Secretaría General del PSOE, hecho que su partido se ha encargado de celebrar cuando tiene más por lo que pedir perdón y rectificar que por hacer alharacas.
La crisis económica ha golpeado definitivamente a nuestros ciudadanos, a nuestras empresas, a nuestros autónomos y a nuestros pensionistas especialmente. Con un 20% de paro, con cientos de pymes cerrando cada día, con autónomos ahogados porque sus clientes (en muchos casos la propia Administración Pública) les adeudan cantidades sin las que no pueden seguir adelante y toda la sociedad en general, pero sobre todo los menos favorecidos en particular, asfixiada por la subida de impuestos de este Gobierno, el panorama se presenta cuanto menos gris.
También ha sido un curso político en el que la irresponsabilidad y la incapacidad de Zapatero ha superado los asuntos económicos para ahondar en una crisis institucional sin precedentes. Tras engañar a los ciudadanos catalanes, mientras fomentaba un conflicto de Estatutos entre las diferentes CC.AA, pone en duda la legitimidad de instituciones como el Tribunal Constitucional o el Consejo General del poder Judicial, con el único objetivo de pagar apoyos políticos y de dividir a la sociedad española.
Tampoco ha sido un buen año en proyección exterior. Habituados a sus guiños con dirigentes populistas y gobiernos democráticamente sospechosos (cuando no dictaduras), todos esperábamos de la Presidencia Española de la UE una oportunidad para enderezar el rumbo, pero no fue así. La Presidencia Española ha sido la Presidencia del fracaso. No sólo porque Zapatero no haya sido capaz de cumplir los objetivos que se marcó, sino porque esta Presidencia ha mostrado a Europa y el Mundo, la incompetencia de un Gobierno que debiera haber liderado algunos de los procesos comunitarios que se han producido en este contexto de crisis económica internacional. Y en vez de eso, ha generado desconfianza, miedo y escepticismo hasta el punto de ser vigilados por las instituciones de la UE para ver si hacemos bien las cosas. Eso, como española es una de las cosas que más me duele.
Sin duda, el próximo curso político puede suponer un punto de inflexión. En el Partido Popular hemos dedicado gran parte de este año a presentar alternativas, propuestas e ideas que el PSOE nunca ha aceptado. A partir de septiembre, tendremos que hacer frente a importantes retos, las elecciones catalanas y las municipales y autonómicas. Estoy convencida de que en esos procesos electorales los ciudadanos renovaran la confianza del PP donde gobernamos y nos la otorgaran en muchos sitios donde ahora no lo hacemos. Y todo porque saben que si hay un partido que busca solucionar problemas en vez de crearlos, que piensa en todos y no en unos cuanto, y que representa la moderación, el rigor y la coherencia, ese es el Partido Popular.
No sé si deberemos afrontar un reto aún mayor. Confió en que sí. Confío en que a Zapatero le quede un ápice de responsabilidad, convoque Elecciones Generales y de voz a los ciudadanos para que, de las urnas, salga un Gobierno fortalecido y con confianza para salir de esta crisis y recuperar el camino de la prosperidad, el crecimiento y el sentido común. Y eso sólo será posible con un profundo cambio político, un cambio que cada día reclaman más españoles y que representa el Partido Popular.
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